Un viaje por España y por el pasado

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El famoso escritor de cuentos infantiles Hans Christian Andersen viajó en 1862 a España y se quedó tan maravillado que relató su visita en un libro que hasta hoy la pinta de cuerpo entero. 

 “También yo soñaba con España; soñaba con los ojos abiertos y la mente despierta, a la expectativa de lo que iba a desplegarse ante mis ojos”.

Barcelona

“… me sentía en el París de España: en todo hay aquí un aire con Francia”

Nos detuvimos delante de la Fonda del Oriente, donde dos habitaciones con sendas camas y balcones a la calle, e incluso mesa dispuesta para la cena, nos esperaban. Nuestros amigos se retiraron para que cenásemos tranquilos y nos pusiésemos cómodos. Aquí se sentía uno como en su propia casa. La comida fue excelente.

… color café con leche tenían las aguas que bajaban bordeando la calzada del paseo; consigo arrastraban las casetas de madera, las mercancías, los carros y barriles: todo cuanto hallaban a su paso; calabazas, naranjas, mesas y bancos salieron navegando; incluso, un carro desenganchado, cargado de porcelana, fue arrastrado por la corriente… Jamás había yo comprobado la magnitud del poder de las aguas, ¡era espantoso! Avanzaban ya por encima del estrado del paseo: la gente huía, clamaba, gritaba.

Después de comer salimos a la Rambla, que estaba concurridísima de paseantes en aquella hermosa tarde. Los caballeros muy repeinados y elegantes iban fumando humeantes cigarros, alguno que otro llevaba monóculo y parecía enteramente recortado de una revista de modas francesa. Las damas, por lo general, vestían la favorecedora mantilla española: un largo velo de encaje negro, sujeto al pelo por encima de una gran peineta, desde donde caía hasta más debajo de los hombros; sus finas manos movían con una gracia especial el abanico negro guarnecido de lentejuelas. Algunas señoras iban a la moda francesa, con sombrero y chal.

Málaga

A la vista apareció Málaga, con sus casas blancas, su magnífica catedral y su prominente Gibralfaro, la antigua y resistente fortaleza árabe.

A nuestros pies se extendía Málaga, cuya imponente catedral recordaba una inmensa arca en medio de un mar petrificado y blanco de espuma.

Mucho ha sido aquí abolido, y más lo será; pero no los ojos andaluces… ¡Eso sería pecado mortal! Sería como apagar los luceros que en España brillan en el cielo y entre las pestañas de delicados párpados, no solamente a través del encaje de una mantilla negra, sino también en el niño mendigo y en la hermosa gitana que vimos vendiendo castañas. ¡Quién fuese dueño de su retrato! Ser dueño de ella sería pedir demasiado.

No tuve más remedio que bajar a la Alameda y mezclarme con el gentío, para mirar a tanta mujer bonita, con llameantes ojos, como paseaba por allí, agitando con gracia innata los relumbrantes abanicos de lentejuelas. ¡Qué verdad dice la vieja copla española!:

Una mujer malagueña

tiene en sus ojos el sol,

en su sonrisa la aurora

y un paraíso en su amor.

Más Málaga

“Málaga, hermosa ciudad, aquí me siento como en casa, pensaba yo jubiloso”

Hacia Granada

“El luminoso día de sol se transformaba en fulgor de ocaso, y ya convertíase Granada en una ciudad de cuento; estábamos en el mundo de hadas de Las mil y una noches”.

… Cara a la Alameda, delante de la entrada principal, se erguía un arco de triunfo de cartón, papel pintado imitando mármol y con esculturas de yeso. En la luz del crepúsculo y bajo la iluminación de la noche en calma, todo aquello tendría un efecto impresionante; pero, ahora, a plena luz del día, era como el escenario de un teatro.

La animación y el ajetreo cundían por todos lados: rebuznaban borricos, ladraban perros, un cantaor ambulante entonaba una copla con voz gangosa; otro, un improvisador ciego, declamaba mientras su chico vendía coplas. Le di un real al ciego; Larramendi le explicó que yo era un extranjero que venía de un país lejano, de más allá de Francia, y el ciego se puso a improvisar un verso para mí. Como es natural, yo no entendía palabra, pero la gente que nos hacía corro, jóvenes y viejos, chiquillos desarrapados y labriegos en ropa de gala, aplaudían con el mayor entusiasmo.

Granada. La Alhambra

“La Alhambra es como un antiguo libro de leyendas, lleno de signos de escritura fantásticos, trazados en oro y policromía: cada cámara, cada patio, es una página distinta de la misma historia, en la misma lengua y, sin embargo siempre como un nuevo capítulo”

En el aire, por encima de Granada, colgaba todo un abigarrado tapiz de lámparas, algo así como una nube de resplandecientes colibríes.

… fuimos a parar a una alameda próxima a la Puerta de la Justicia, sobre cuyo arco de herradura se ve una mano abierta con los dedos extendidos, y en el lado posterior del mismo, una llave. Es célebre la leyenda inscrita en jeroglífico por el arquitecto: «No perecerán las murallas de la Alhambra en tanto la mano la llave no alcance». Según cuentan, se relaciona con dicha sala (de los Abencerrajes) la última historia de fantasmas conocida en España; aún suenan aquí por las noches los lamentos y estremecedores gritos y amenazas de ánimas en pena.

El Patio de los Leones y la Sala de las Dos Hermanas estaban, por orden de su majestad la reina, siendo fotografiadas por un famoso fotógrafo inglés; el hombre se hallaba en plena faena, y no se permitía entrar a nadie por temor a que se le molestase. A través de los arcos reconocimos a toda la tribu gitana que antes viera yo subir hacia allí; les habían mandado llamar para animar los retratos con personas vivas… En un santiamén estuvo hecha la foto; imposible describirla; quizá algún día la vea, pero ésta era, con toda seguridad, la última vez que contemplaba la Alhambra.

.. el Generalife me atrajo con mayor frecuencia que el palacio de la Alhambra. Había aquí fragancia de rosas como en las poesías antiguas; las aguas cristalinas precipitábanse susurrantes como entonces; los añosos e imponentes cipreses, mudos testigos de cuanto nos ha sido transmitido por leyendas y romances, esparcían sus frescas ramas en el mismísimo aire que yo respiraba… En los jardines del Generalife sentí el primer toque del invierno; una ligera ráfaga de viento, un beso, desprendió en un segundo las hojas amarillas del follaje.

Cádiz

La Alameda está bellamente situada y ofrece una hermosa vista sobre la amplia y despejada bahía, donde las altas olas luchaban contra el malecón; las gaviotas chillaban al volar por encima de las espumeantes olas. Una multitud de embarcaciones de pesca, cual enormes pájaros con las alas extendidas, precipitábanse en dirección al puerto; barcos con las tremolantes banderas de las diversas nacionalidades esperaban anclados en la ensenada.

… da la impresión de reinar aquí el orden y la limpieza, de ser una ciudad mercantil, donde no hay más romance que el del mar o el de los hermosos ojos andaluces…

… fuimos a parar a la Fonda de París, un hotel excelente en todos los sentidos.

… Vagando por la ciudad, pasé ante un taller donde cepillaba un carpintero joven, cantaba tan contento; cantaba una canción alemana, y cuando me dirigí a él en su lengua materna, su alegría subió de punto. Era rubio como un nórdico, con mejillas sonrosadas y ojos azules; procedía de un pueblo de Wurtemburgo e iba a casarse en Cádiz. Irradiaba felicidad y satisfacción, y eso que estaba cepillando un ataúd… Este fue todo el botín romántico que conseguí en Cádiz.

Sevilla

“Volábamos hacia Sevilla, la ciudad natal de Murillo, donde Cervantes escribió parte de su Don Quijote, la ciudad ligada a la leyenda de Don Juan”

La muchedumbre pasea en coche, a pie y a caballo, van pendientes unos de otros; se distraen mirando los numerosos barcos al otro lado del espolón, procedentes unos del Atlántico, otros del Mediterráneo. Aquí junto al río está la octogonal Torre del Oro, donde, en otros tiempos, los moros almacenaban sus tesoros…

… Después de que los frailes del convento de La Caridad habían sido expulsados, el hospital fue objeto de una gran ampliación y, ahora, piadosas monjitas cuidan a los enfermos. Su fundador don Juan Tenorio, que murió de fraile en el convento, reposa aquí; él mismo escribió su epitafio: “Aquí yacen los huesos y cenizas del peor hombre que ha habido en el mundo”.

La leyenda cuenta que don Juan Tenorio era un noble de Sevilla…

Sevilla es la ciudad natal de Murillo, aquí iba yo a contemplar su grandeza y poder, el rayo de sol meridional del mundo de los genios.

… mas a mí lo que más me maravilló fue un cuadro al que tuve que volver para mirar una y otra vez: San Antonio. Estaba representado como un hombre joven al que empieza a apuntarle la barba en las mejillas; las Sagradas Escrituras estaban abiertas ante él y, sentado en medio del libro, estaba el Niño Jesús, tan feliz y sonriente; San Antonio se inclinaba hacia el Niño, sin que sus manos se atreviesen a tocarlo; era un placer contemplar el cuadro.

“¡Ahí baila la bella Dolores!», exclamó uno de mis jóvenes amigos españoles. Tienes que ver a la Dolores, se sentirá usted muy joven y contento, hasta quizá tan feliz como yo”, y él parecía realmente feliz.

¡Cuán gran diferencia entre el baile francés y la danza española!

… insinúa la belleza de las líneas del cuerpo con movimientos naturales. Las castañuelas repiten el ritmo de la sangre en las venas; puede llegarse al apasionamiento, pero sin traspasar el límite de la belleza. Las gracias podrían soportar ese espectáculo, mientras que las ménades huirían de él; Venus accedería a bailar un baile español, pero el cancán no lo bailaría aunque la invitase a ello el mismísimo gran Marte.

De Córdoba a Alcázar

“El espíritu de destrucción ha pasado por aquí con mayor ímpetu que el correr del tiempo”

El reloj dio las nueve de la noche antes de que llegásemos a Córdoba, ciudad natal de Séneca. Todos los pasajeros que deseaban ir al centro, sin excepción alguna, fueron encajados en el único ómnibus que esperaba delante de la estación; solamente Dios y el cochero saben cómo consiguieron meternos a todos. Los equipajes iban arriba, una montaña increíble de bultos de mudanza. El coche crujía y chirriaba con tanta carga. En el interior íbamos los pasajeros apiñados; casi todos tenían paquetes, paraguas o un bulto consigo; íbamos como sardinas en lata.

Córdoba

Córdoba posee un tesoro que no tiene ninguna otra ciudad española: su enorme e insólita Mezquita, ahora catedral de la ciudad… Mientras en el coro suenan alabanzas a Jesús y a la Virgen, predican las paredes en signos árabes: “Sólo hay un Dios y Mahoma es su profeta”. Todo ello provoca una amalgama de extraños sentimientos, de los cuales el más digno sería aquel que elevase nuestros corazones con tolerancia, como rezan las mismas palabras del salmo: “Creemos, creemos todos en Dios”.

… Antojábaseme que, entre aquellos muros, había estado siempre y seguía allí atrapado y acorralado por la falta de horizonte por la vehemencia y por la vanidad humanas, todo el esfuerzo de los hombres por apoderarse del «único Dios verdadero». Pensamientos fervorosos y esperanzadores esclarecían aquí mi mente y mi corazón.

… Cuán duramente, con qué falta de caridad juzga, dentro de una misma iglesia, un hermano a otro hermano, cuando éste no reza el Credo de acuerdo con todas las letras de la versión del otro.

Madrid

“Madrid para mí es un camello derrumbado en el desierto: yo tomé asiento sobre una de sus gibas y oteé los alrededores; pero me sentía incómodamente sentado y el asiento salía muy caro”

El día amaneció crudo y desapacible, y ¡Oh sorpresa!, los tejados estaban blancos de nieve; había llegado el invierno a Madrid. Abajo, en la plaza donde convergen las vías principales de la ciudad, estaba todo negro y fangoso; carros y mulas con alegres campanillas, cocheros y simones, iban y venían …

¡Capital de España ¡ay, no,

qué ajada te me muestras!

De lo que te hacía española,

¡qué poco conservas!

Te pareces a Viena o a París,

no eres más España;

del norte, las nubes frías

en ti se ensañan.

Gris, húmeda, enlodada y cruel,

así eres tú.

¿En el norte días fríos y enlodados?

¡Ja, ja ja!

Peor los estoy pasando yo en Madrid,

¡capital desierta!

de española ¿qué te queda, di?

Plaza de Las Cortes

… para el forastero no tiene esa plaza más mérito que un monumento: la estatua de un hombre en uniforme militar, a la usanza española antigua, con gola y estoque.

… la estatua que ante nosotros tenemos caminó en carne y hueso un día por la tierra, fue un rey del ingenio cuyas obras iluminaron todo el orbe culto; su memoria es una bendición. Con toda la facultad de su fuerza viril arrastró cadenas de esclavo; por su patria, por España, sacrificó en la lucha su brazo izquierdo; y sus contemporáneos le dejaron pasar hambre y miseria, le trataron con indiferencia, no supieron reconocer y apreciar su valía.

Museo del Prado

Una sorprendente joya tiene a pesar de todo Madrid, única en su clase: la galería de arte, una perla, tesoro digno de verse, merece la pena venir a Madrid sólo por eso.

La riqueza de piezas maestras que aquí se encuentra embarga y asombra. Aquí están Rafael, Tiziano, Correggio, Pablo el Veronés, Rúbens; pero a la cabeza de todos ellos, Murillo y Velázquez. Para vivir y abarcar realmente tanta maravilla tendría que quedarse uno por tiempo ilimitado. Aquí me encontré por primera vez con Velázquez, aquí lo conocí…

… Otra imagen más de Murillo he de mencionar por su sentimiento y perfecta ejecución. Representa una delicada escena hogareña: una madre joven está sentada haciendo un ovillo, el marido tiene asido al niño que, a su vez, sostiene un pájaro en la mano en alto, y mientras, un perrito hace monerías sentado sobre los cuartos traseros y da la pata.

Fuera de España, Murillo no es lo bastante conocido, y por ello no se le concede el lugar en la cumbre que se merece…

Durante nuestra estancia aquí disfrutamos todavía de otro gran acontecimiento artístico: la ópera italiana. Pero habiendo señalado ésta y el museo, ya no hay nada más interesante o de mérito que contar.

Este texto sobre España pertenece a la campaña de Ciudadanos Viajeros para viajar sin romper la cuarentena obligatoria, bajo la consigna #YoMeQuedoEnCasa. Para seguir leyendo otros libros ingresá acá.

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