En “Enlace Turístico” del domingo a las 20.30 h por Canal Metro, Manuel Sierra mantuvo una entretenida charla con Sergio Rodríguez, propietario de Viñas del Nant y Fall, una de las bodegas mas australes del mundo en Trevelin, Chubut. ¿Qué tradición familiar influyó en la decisión de crear un viñedo? ¿Por qué se consideraba difícil producir vino en esa zona de Chubut? ¿Qué servicios turísticos ofrece actualmente Viñas del Nant y Fall? ¿Cuál consideras que fue el principal factor del éxito del proyecto y por qué?
Este es el resumen de la entrevista:
En Trevelin, una familia convirtió una chacra rodeada de montañas en un emprendimiento vitivinícola y turístico que llevó la frontera del vino hacia el sur.
La historia de Viñas del Nant y Fall comenzó con una decisión familiar: dejar Mar del Plata para buscar otra calidad de vida en Trevelin, Chubut. Atraídos por la montaña, la naturaleza y la tranquilidad de la región, Sergio Rodríguez y su familia adquirieron una chacra de casi cuatro hectáreas atravesada por el arroyo Nant y Fall, cuyo nombre en galés significa “arroyo de las cascadas”.
El proyecto recuperó una tradición íntima. La madre de Sergio es italiana y sus abuelos se habían dedicado a la vitivinicultura. Sin embargo, plantar vides en ese rincón de la cordillera no era una elección evidente: cuando la familia llegó, no había viñedos en Trevelin y el frío imponía condiciones que parecían incompatibles con la producción.
Una apuesta contra los límites
Antes de cultivar, padre e hijo dedicaron más de un año a limpiar la chacra, cubierta de rosa mosqueta, mediante trabajo manual y sin agroquímicos. Luego comenzaron los estudios de suelo y temperatura para determinar si el sueño tenía sustento técnico.
La primera parcela de pinot noir se plantó en 2010. El desafío era enorme: durante cada ciclo productivo podían registrarse decenas de heladas, algunas de hasta nueve grados bajo cero y con varias horas de duración. Para proteger las plantas, la familia adaptó un sistema de microaspersión en altura que las recubre de hielo y las resguarda de las temperaturas extremas.
La vendimia que cambió la historia
El aprendizaje demandó seis años. El 17 de abril de 2016, Viñas del Nant y Fall alcanzó su primera vendimia. Para la familia, aquella cosecha no solo confirmó la viabilidad del proyecto: también significó desplazar hacia el sur la frontera vitivinícola mediante métodos de producción adaptados a un clima extremo.
A fines de ese mismo año llegó la primera botella. Sergio recuerda a sus padres, a su hijo y a él mismo reunidos alrededor de la mesa, observándola en silencio. Ese vino, nacido de una tierra que muchos consideraban imposible, dio identidad al emprendimiento y transformó una tradición familiar en una marca.
El recorrido también refleja una forma de innovación: estudiar el entorno, apartarse de los dogmas y utilizar tecnologías conocidas en condiciones inéditas. La experiencia de Trevelin exigió desarrollar una lógica propia, diferente de la vitivinicultura tradicional de Mendoza.
Del viñedo a una experiencia integral
Con el tiempo, la demanda de los visitantes amplió el proyecto. Lo que comenzó con una comida improvisada para una pareja que llegó con hambre se convirtió en un restaurante con capacidad para 90 personas. Durante la temporada de tulipanes, el salón puede renovarse varias veces al mediodía.
La propuesta se completa con un almacén gourmet que reúne productos de pequeños elaboradores de Chubut, visitas guiadas al viñedo y la bodega, sala de degustación, eventos y distintas opciones de alojamiento. Los viajeros pueden elegir entre camping, espacio para casas rodantes, la antigua bodega —preparada para seis personas— y una habitación vidriada ubicada entre los tanques y las maquinarias, con vista al viñedo.
La ubicación también favorece el encuentro con visitantes internacionales: el paso fronterizo cercano conecta con la Carretera Austral, una de las grandes rutas escénicas de la Patagonia y un imán para quienes recorren el continente en casas rodantes.
Una identidad nacida del territorio
Viñas del Nant y Fall expresa la identidad de Trevelin: una comunidad marcada por la convivencia de tradiciones argentinas, galesas y mapuche-tehuelches, y por una relación cotidiana con la naturaleza. Esa pertenencia atraviesa tanto el vino como la hospitalidad del emprendimiento.
La historia de la familia Rodríguez demuestra que producir en la Patagonia exige asumir distancias, frío y riesgos extraordinarios. Pero también confirma que la combinación de tradición, conocimiento, tecnología y perseverancia puede convertir una aparente imposibilidad en una experiencia turística singular. En Trevelin, el sur no es solo un paisaje: es el origen de un vino con carácter propio.